De África a Europa, víctimas silenciadas de la pandemia

La Covid-19 ha alterado el mapa de las migraciones africanas hacia Europa. En él aparecen nuevos perfiles migrantes y las rutas migratorias se ven alteradas. Mientras, la pandemia se hace sentir en los campos de refugiados. Y los efectos de la crisis en la población migrante resuenan en sus países de origen. Europa responde, pero su respuesta incita a pensar en un desastre anunciado.

Rachid y su rebaño se embarcaban en su acostumbrada trashumancia estacional, lo que no se imaginaban era que la Covid-19 se cruzaría en su camino y precarizaría su situación. Allí, en el corredor entre Mauritania y Mali, anualmente transitan miles de hombres y animales siguiendo una milenaria peregrinación en búsqueda de pastos más verdes. Sin embargo, este año el cierre de fronteras para intentar combatir la pandemia, ha hecho que muchos queden varados en las zonas fronterizas y que el ganado carezca de alimento suficiente.

Mohammed no es pastor, pero a él también le tiembla el pulso al pensar en el futuro. Él y su familia viven Ceuta gracias al comercio fronterizo con Marruecos y la pandemia ha hecho temblar su estabilidad. Una situación que se reproduce en otras zonas del continente como el Sahel, donde la actividad comercial transfronteriza es la principal fuente de ingresos de numerosas familias.

Este es sólo el reflejo de un escenario real que se repite una y otra vez en el continente desde que comenzó la pandemia. Y es que, aunque las cifras de fallecidos por Covid-19 en África parecen mucho más bajas que las registradas en otros continentes, sería un error pensar que el continente no está siendo fuertemente golpeado por el virus. La sociedad africana tiene un marcado carácter nómada. La realidad socio-económica del continente, la conflictividad presente en muchos de sus países, su rápido crecimiento demográfico y los efectos del calentamiento global —especialmente en la zona del Sahel— hacen que, cada año, numerosos africanos dejen su país de origen en búsqueda de oportunidades. Un nomadismo fundamentalmente interno, pero también extra-continental.

El papel de Europa en las migraciones africanas

En contra de lo que pueda parecer, el objetivo de gran parte de los migrantes africanos no es llegar a las costas europeas, sino emigrar a otros países del continente —en torno a un 75% de las migraciones totales son internas—. Tanto es así que la ruta migratoria más transitada del mundo es la conocida como ruta del Cuerno de África o ruta del Este. Una ruta en la que se embarcan cientos de miles de personas cada año para llegar a Yemen. Aunque el destino final suele ser Arabia Saudí.

 

Migraciones producidas dentro del continente africano // Fuente: El Orden Mundial

Las migraciones hacia el exterior del continente son también importantes, especialmente en el caso de los países magrebíes, desde donde los migrantes parten hacia Europa. Libia era el principal punto de partida de las migraciones africanas al continente europeo hasta el 2018, cuando Italia aplicó su “política de puertos cerrados” y la UE ofreció financiación y formación a las milicias libias con el fin de que bloquearan el paso. Entonces, los flujos de migrantes no desaparecieron, pero se desplazaron hacia Argelia y Marruecos, en cuyas costas hoy parece empezar la frontera sur europea.

Esta dinámica refleja la apuesta europea por la externalización de las fronteras y sus consecuencias. Un mecanismo mediante el cual los Estados miembros de la UE conceden visados y permisos de entrada, ofrecen ayuda económica y aumentan su compromiso con el desarrollo de los países de transito. A cambio, consiguen que estos actúen como barrera frente a la migración.

A la externalización de fronteras y las consiguientes dificultades para cruzar el Mediterráneo, se unen el aumento de la peligrosidad de las rutas elegidas por los traficantes para llevar migrantes a Libia, las restricciones a la movilidad y el cierre de fronteras ordenados por distintos gobiernos a nivel mundial. Un cóctel de circunstancias que ha provocado la aparición de nuevos perfiles migrantes y aumentado el número de personas que arriesgan su vida en el Atlántico.

Nuevas rutas, nuevos migrantes

En 2020 las islas Canarias han registrado un 520% más de llegadas en comparación con el mismo periodo de 2019. Y es que los últimos diez meses han llegado a las islas más de 11.000 personas. Para ello han recurrido a una ruta que parecía prácticamente olvidada desde 2006, cuando en la llamada “crisis de los cayucos” llegaron a las islas  31.000 personas. Se trata del cruce más peligroso del mundo, pues en él pierden la vida uno de cada 16 migrantes. Este 2020, en lo que va de año, ya han desaparecido o perdido la vida más de 400 personas que intentaban llegar a Canarias.

Principales rutas migratorias en el Atlántico// Fuente: Pulitzer Centre.

El comercio, la pesca, el trabajo informal y el turismo, son grandes perdedores en esta crisis. Son los trabajadores de estos sectores quienes, tras las restricciones, deciden cruzar el Atlántico en dirección a las Canarias. Personas que no hace mucho ni se planteaban la posibilidad de emigrar, y que hoy se arriesgan a navegar hasta 1.500 kilómetros y pagan hasta 1000 euros para llegar a Europa. Este nuevo perfil nace de la pandemia, y se une al de aquellos migrantes —fundamentalmente subsaharianos— condicionados por los conflictos, la pobreza, las dictaduras y los efectos del cambio climático.

El núcleo de esta nueva tendencia parece estar en Marruecos. Tradicionalmente esta ha sido la ruta seguida por los subsaharianos. Sin embargo, los marroquíes han pasado de representar un 10% del total de llegadas a principios de año, a más del 50%.

Pese a lo anterior, la Covid-19 podría estar cumpliendo el sueño europeo de reducir el número de llegadas al continente (10.716 personas frente a 14597 en el mismo periodo de 2019). Aunque es pronto para afirmarlo, pues las informaciones más recientes apuntan a un aumento del número de africanos que se embarcan hacia el Europa. Por ejemplo, las llegadas a Malta e Italia aumentaron más del doble de junio a julio. En las embarcaciones llegaban personas de nacionalidad tunecina fundamentalmente. Aunque también procedentes de Bangladesh, Costa de Ivory, Argelia, Pakistán, Sudan y Marruecos. Otra de las vías en las que se ha registrado un notable crecimiento del volumen de llegadas ha sido en la del Mediterráneo Occidental. En este caso, gran parte de las personas eran argelinos, aunque también llegaron numerosos marroquíes. Sólo la ruta del Mediterráneo Este parece estar mermando. Aquí la mayoría de llegadas proceden de Siria o Afganistán.

Consecuencias en los campos de refugiados y los países de origen

La pandemia se ha dado de bruces también con los refugiados. El campo de refugiados de Moria (en la isla griega de Lesbos) es un claro ejemplo de la situación que están sufriendo miles de personas. Allí, más de 800 personas se han sumado a los 20.000 migrantes que intentaban vivir en un espacio cuya capacidad máxima esta prevista para 3000. A las condiciones ya de por sí infrahumanas en las que viven estas personas, se han sumado la pandemia y las dificultades para combatirla. El distanciamiento social se hace imposible, lo mismo ocurre con las condiciones de higiene necesarias para luchar contra el virus, la falta de una asistencia médica apropiada y el deficitario suministro de comida.

La población migrante es otro de los colectivos cuya vulnerabilidad está en riesgo. En Europa se calcula que viven nueve millones de migrantes africanos que, además, están a cargo de la economía familiar en sus países de origen. El confinamiento, el aumento de las tasas de desempleo y las restricciones a la movilidad se han traducido en una disminución de los ingresos de este sector de la población, que ve cada vez más difícil mandar dinero a sus familias. El Banco Mundial prevé que las remesas caerán un 23,1% en el caso del África subsahariana y un 19,6% en África del Norte. Una preocupante situación a la que habría que sumar la aparente reducción de la inversión en cooperación al desarrollo.

La respuesta europea, un desastre anunciado

La situación de vulnerabilidad de las personas migrantes, se ha topado con la falta de voluntad de varios Estados de la Unión Europea. El caso de Italia y Malta resulta significativo. Ambos se negaron a acoger al barco humanitario Alan Kurdi, que alojaba a 150 migrantes rescatados en el Mediterráneo Central. Por su parte, Italia firmó un decreto en el que afirmaba que sus puertos no contaban con los requisitos sanitarios necesarios para acoger a los rescatados en el mar. Algo similar ocurrió con Malta, quien se refugió en la idea de que no estaba en condiciones de efectuar rescates ni de garantizar un lugar seguro para quienes llegaran a sus costas. La respuesta de la Unión Europea se limitó un comunicado en el que hablaba de la relevancia del derecho al asilo.

Principales rutas utilizadas por los migrantes y los refugiados para llegar a Europa// Fuente: Flujos Migratorios en el Mediterráneo: causas, políticas y reforma.

Además, la pandemia se tradujo en la reducción del número de buques de rescate en el Mediterráneo Central. La paralización de los procedimientos de reubicación, reasentamiento y retorno, así como la suspensión generalizada de derecho al asilo en los distintos Estados.

Aún es pronto para medir el volumen de migraciones desde el inicio de la pandemia. Es probable que las caravanas de migrantes estén en marcha, pero hasta que los migrantes procedentes de África Occidental, África Central y el Cuerno de África no lleguen al norte del continente será difícil conocerlo con exactitud. También es temprano para saber los efectos de la pandemia sobre la economía de los países africanos. Pero es muy probable que el resultado sea el empobrecimiento de la población. Si a lo anterior, le sumamos el esperado boom demográfico, el resultado más probable es el aumento de las migraciones tanto extra-continentales —hacia otros continentes— como interiores —hacia Estados africanos con una situación política y económica más estable—. Estas tendrán lugar en un contexto de escasos recursos y fragilidad del que podrán beneficiarse quienes encuentran en la desesperación de los migrantes ilegales un modelo de negocio.

La vulnerabilidad, la seguridad y los derechos de las personas migrantes están en juego. Y la pandemia no ha hecho otra cosa que agravar una crisis enquistada desde hace años. Más que apostar por el cierre de puertos, el descenso de la ayuda, la construcción de muros y la externalización de fronteras, la solución parece estar más alineada con acciones que lleven a atajar las causas de esta movilidad. Fortalecer las leyes, la comunicación y cooperación internacional se muestran como necesarias. Sin embargo, las medidas para facilitar el retorno y la externalización de fronteras priorizadas en el nuevo Pacto para la Migración y el Asilo no parecen seguir esta línea, sino más bien apostar por bunkerizar Europa. Mientras tanto la vida y la dignidad de miles de personas sigue en juego.

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